viernes, 30 de enero de 2026

Dios en el Piso 7

Hoy, estando en el área de hospitalización, mi bebé estaba recostada recibiendo su tratamiento.
Frente a nosotros, otra madre recibía una noticia que nadie debería escuchar jamás.
Le dijeron que su hijo tendría que perder un brazo completo para evitar que la enfermedad siguiera avanzando.
Pero también le explicaron que, aun así, existía la posibilidad de que apareciera en otra extremidad…
y que entonces pasaría lo mismo.
Un niño indefenso de apenas 8 años,
rodeado de sus padres,
llorando sin entender del todo lo que estaba a punto de ocurrirle.

En medio del llanto, la madre repetía una y otra vez, con la voz rota:
“¿Qué fue lo que hicimos mal?
¿Por qué Dios nos hace sufrir tanto?
¿Por qué Dios no nos quiere?
¿Por qué Dios no nos ayuda?”
No había respuestas.
No había consuelo suficiente.
Solo un silencio pesado, lleno de dolor, miedo y preguntas que nadie sabe cómo responder.
Y ahí, frente a ese niño,
frente a esos padres destruidos,
uno entiende que hay dolores que no caben en ninguna explicación religiosa.

Hablando de religión, todos tenemos creencias de muchos tipos, y quizá una de las más polémicas siempre ha sido la religión.

Yo, como padre, provengo de una familia católica, y me gusta esa fe porque quiero creer que existe alguien que me cuida y que vela por mis seres queridos.

Quiero creer que hay justicia: que existe un castigo para quienes hacen daño a otras personas y que, de alguna manera, quienes se portan bien y siguen los mandamientos que nos enseñaron recibirán una recompensa.
Me gusta creer todo eso.
Pero también le veo una falla…
porque, según esta religión, tanto el premio como el castigo llegan hasta después de la muerte.

No sé cuántas religiones existen en el mundo, pero de las que yo conozco están:
los católicos, los protestantes y los Testigos de Jehová.
Y todas hablan de castigo si no obedeces y recompensa estando de su parte.

La verdad, no sé qué creer.
Les confieso que a veces reniego por las cosas malas que nos pasan,
pero también agradezco profundamente las cosas buenas.
Muchos me dicen que me hace falta acercarme más a Dios.
Pero yo, todos los días en la noche, me acuesto, cierro los ojos
y le pido a Dios fuerza para enfrentar lo malo,
y le agradezco tener la familia que tengo.
No sé de qué otra forma puedo estar bien con Dios.
Si trato de respetar a las personas,
si cuido a mi familia,
si trabajo todos los días para ellos dándoles todo lo que puedo,
si procuro no ofender a nadie
y trato, a mi manera, de honrar a mis padres…
entonces no sé qué más se supone que debo hacer.

Como me traten, así trato.
Sin rencor, sin máscaras, sin sentirme más que nadie.
Tal vez mi fe no se nota en palabras,
pero vive en lo que hago cada día.

Yo les pregunto a todos los creyentes:
¿qué palabras le vas a dar a un niño, a una niña o a un joven que va a perder una extremidad?
¿qué le dices a quien sabe que perderá un órgano y que eso le impedirá llevar una vida “normal”?
¿o peor aún… cómo le explicas que va a morir?
Ahora imagina hacerlo tuyo.
No como espectador.
No como consejero.
Sino como padre.
Imagina tener que decirle eso a un hijo tuyo.
Ahí es donde todo cambia.
Porque en ese punto, el dolor ya no es teórico,
la fe deja de ser discurso
y las frases aprendidas ya no alcanzan.
Y sí…
eso te hace querer conocer a Dios.
Pero no necesariamente para abrazarlo,
ni para agradecerle.
A veces lo buscas para preguntarle por qué.
A veces para reclamarle.
A veces solo para mirarlo de frente y decirle:
“Esto duele más de lo que puedo cargar.”

Tal vez Dios no quiere el sufrimiento.
Tal vez el problema no es Dios.
Tal vez el problema es que no entendemos,
o que nadie nos enseñó cómo creer cuando el dolor no tiene sentido.
Pero lo que sí sé es esto:
si hay un Dios,
no puede ser indiferente al dolor de un niño.
Y si lo es…
entonces tenemos derecho a preguntarle por qué???.

Y para todo aquel fanático religioso o persona que vive en la iglesia y me dice que estoy mal, que necesito “más de Dios”…
le digo:
acérquese al famoso Piso 7.
Pero no solo lleve palabras bonitas o frases aprendidas.
Lleve lentes oscuros, para que vea con sus propios ojos lo que realmente sucede,
lo que Dios hace con algunos niños.
Porque no todo es amor.
No todo es enseñanza de fuerza.
A veces, Dios solo nos hace duros… muy duros.
Y si después de ver eso, siguen diciendo que esto es solo para fortalecernos,
les pregunto:
¿cómo se puede ser fuerte cuando lo que te golpea parece querer quebrarte?

“Los nombres y detalles aquí presentados han sido modificados para proteger la identidad y privacidad de las personas involucradas. Esta historia refleja experiencias reales y busca compartir una reflexión profunda sin intención de causar daño ni vulnerar derechos.”
“Imagen con fines ilustrativos. Se ha respetado la privacidad y anonimato de todas las personas involucradas.”

domingo, 25 de enero de 2026

En el Piso 7 si hay televisión.

Ya hace unos cinco o seis años —la verdad no recuerdo bien cuánto tiempo— nos encontrábamos sentados en las bancas de la sala de espera del Piso 7.

Estábamos mi hija, mi papá y yo.
Platicábamos de cosas sin importancia, trivialidades, solo para perder el tiempo y tratar de hacer más ligera la espera.

De pronto vimos salir por el pasillo que conduce al área de hospitalización —donde internan a los niños cuando presentan fiebre, infección o algún síntoma que pone en riesgo su integridad— a dos caras conocidas: Cesilio y su papá, cuyo nombre, para variar, no recuerdo.

Nos acercamos a saludarlos.
El papá comenzó a platicar con mi padre sobre su trabajo y su vida familiar, mientras mi hija se quedó hablando con Cesilio.

—¿Por qué estabas internado? —le preguntó ella.
—Me dio fiebre y no me podía bajar —respondió—. Tenían que ver si tenía alguna infección o si era reacción a la quimioterapia.
—Ay no, Cesilio —le dijo mi hija—, pues cuídate mucho para que estés a gusto en tu casita.
Cesilio, con toda la naturalidad del mundo, contestó:
—No… la verdad yo prefiero venir aquí y que me internen. Así puedo ver la tele y estar a gusto. Es que en mi casa no tenemos televisión.

El papá, al escuchar eso y mirando de reojo a su hijo, intentó cambiar el tema. Tomó a Cesilio del hombro y se despidieron para irse a casa.

Mi hija se quedó pensativa.
Más tarde le contó la situación a mi mamá, y ella le dijo que en cuanto volviera a ver a Cesilio, lo ayudaría para comprarle una televisión.
Con el paso del tiempo tuve que salir a trabajar lejos.

Poco a poco dejé de tener contacto con las personas del hospital. Dejé de ver esa carita regordeta, su cabello naranja, sus ojos azules, pecas por toda la cara y esa sonrisa tan única de Cesilio.

Lo último que supe de él fue hoy por la tarde, a la hora de la comida, después de varios años. Me dijeron que había terminado su tratamiento satisfactoriamente, según le habían comentado a mi hija.

También supe que la ayuda de mi madre para la televisión… nunca llegó.
De todo corazón deseo que Cesilio esté bien.
Que esté disfrutando lo que tenga, aunque todavía no haya televisión.

Pero, sobre todo, que se encuentre sano, junto a su papá y sus hermanos.

Los nombres y algunos detalles han sido modificados para proteger la identidad de las personas.
Cualquier semejanza con hechos o personas reales es solo una coincidencia.

sábado, 24 de enero de 2026

Contexto del nombre

“Piso 7: historias que no deberían existir”

Para muchas personas que no conocen este lugar, de corazón les deseo qué nunca tengan que conocerlo… y mucho menos necesitarlo.

El Piso 7 se encuentra en el Hospital Civil Nuevo de Guadalajara, ubicado en Salvador Quevedo y Zubieta 750, Independencia Oriente, 44340, Guadalajara, Jalisco.

Este piso es donde se encuentran los reconocidos MPO. Fernando Sánchez Zubieta (Medico Pediatra Oncologo)y MPO. Sergio Gallegos (Medico Pediatra Oncologo), junto con todo el equipo del Piso 7, personas verdaderamente espectaculares.
Su calidad humana y su profesionalismo son impresionantes.
Ojalá nadie tuviera que pasar por aquí… ni siquiera de visita, que digo por el piso… ojalá nadie tuviera que pasar por el hospital.

El Piso 7 está lleno de juguetes, colores y bancas para la espera de cada cita. Cuenta con:
Hospital de día, área especializada para quimioterapias intravenosas.
Área de procedimientos, destinada a tratamientos intratecales.
Consultorios médicos.
También hay baños que se limpian constantemente, en el transcurso del dia, al igual que todo —si mal no recuerdo—, algo que se agradece profundamente en un lugar así.

En la sala de espera existen dos cuartos importantes:
en uno de ellos se encuentra la enfermera que toma los signos vitales de todos los niños que van llegando; y a un lado está el área de Trabajo Social, donde unas señoritas con enorme vocación ayudan a las familias a buscar soluciones: apoyo para medicamentos, contacto con asociaciones y acompañamiento en momentos difíciles.
Es verdad: las instalaciones y el equipamiento del hospital para el cuidado de niños con cáncer son de primer nivel.

Algo que me llamó mucho la atención fue una placa que dice:
“Sala de Procedimientos. Equipamiento donado por Fundación José Cuervo.”
En fin… el Piso 7 es uno de los lugares mejor equipados.
A veces parece un hospital privado.
Pero aun así…
duele estar aquí.

jueves, 22 de enero de 2026

 Escuchar a una niña de apenas cinco años gritar con toda su fuerza:

“¡Mami, ya no puedo… mamá, cuídame, por favor!”,

en el área de Quimioterapia Ambulatoria, sacude el alma.

En ese instante, mientras le canalizan, el tiempo se detiene. Uno aprende a respirar hondo para no quebrarse. No es solo el dolor lo que se ve; es una lucha inmensa concentrada en un cuerpo tan pequeño.

Pienso entonces en la fortaleza silenciosa de quienes la acompañan. En ese padre que la sostiene con todo su amor, convirtiéndose en refugio, en escudo, en esperanza. Ese abrazo no es debilidad: es la forma más pura de valentía.

Lo escribo desde el corazón de un padre que escucha, que observa y que comprende. Porque mientras esa voz se escucha fuerte y clara, mi hija está sentada, recibiendo su tratamiento en silencio. Mira al frente con una madurez que no debería existir en la infancia. No porque no sienta, sino porque ha aprendido a ser fuerte a su manera.

Cada niño enfrenta esta batalla de forma distinta, pero todos comparten algo inmenso: una fuerza que inspira, un coraje que enseña y una esperanza que, aun en los momentos más difíciles, se niega a desaparecer.